El delicioso aroma a café me hace abrir los ojos, ver a Evan, en ropa interior, un poco despeinado, a los pies de la cama con dos tazas en las manos, ilumina mi mañana, el día no podría empezar mejor.
—Buenos días —Me saluda, acercándose para darme un pequeño beso en los labios y entregarme la taza.
—Buenos días —respondo, somnolienta—. ¿Qué hora es? Siento que nos acabamos de dormir, además sigue oscuro allá afuera.
—Son las 4 —contesta.
—¿Por qué te levantas tan temprano?
—Mi madre des