Gina

Camila sentía mucho frío. La temperatura del invierno era baja, pero no lo suficiente como para congelarla. Sin embargo, la tristeza que la embargaba ponía gélida su sangre. Tomó el autobús en dirección al apartamento que compartió una vez con Gina y Luka. En este momento necesitaba a su amigo; el asunto con Giulio tenía que esperar. Ese día había sido de perros y le hacía falta consuelo, y nadie

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