Elara se sentó en el borde de la cama, la luz tenue de la lámpara de noche iluminando la pantalla de su teléfono. El mensaje de Keith era un veneno que ardía en sus ojos:
«A media noche, en los jardines traseros y no le digas una palabra a Duncan. No querrás que él vea lo "emocionada" que estabas de besarme.»
La culpa la aplastaba. Tenía que ir. No había otra opción. Elara se sintió aliviada al escuchar la voz de Duncan desde el baño, un sonido normal que la anclaba a la realidad.
—Elara—dijo D