Capítulo XIV

Sin el peso de la incertidumbre, Estefanía se sentía más tranquila. Durmió mejor, aunque los mellizos la despertaron a las cuatro de la mañana pidiendo comida. Después de amamantarlos (ya había discutido con su madre que no les daría más fórmula) se quedaron en brazos de la enfermera, que tenía una habilidad especial para regresarlos a su cuna.

—No te había vuelto a ver color en el rostro, querida

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