STELLA HARPER
Había pasado poco más de ocho meses desde que dejé Nueva York.
El tiempo en Wethersfield parecía tener un ritmo diferente. No era solo el pueblo pequeño, las casas con vallas blancas, las cafeterías que cerraban a las seis de la tarde o el hecho de que todo el mundo se supiera el nombre del otro. Era el silencio. La ausencia de bocinas, de miradas que juzgaban, de la presión constante sobre mí y mis decisiones.
El pueblo olía a tierra húmeda y pan recién horneado, a café fuerte y