—No voy a firmar estos documentos.
La voz de Damian resonó en la sala de reuniones, que desde hacía rato estaba envuelta en una tensión sofocante.
Sus dedos aferraban con fuerza la carpeta azul sobre la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. En sus ojos ya no quedaba el desconcierto de unos instantes atrás. Ahora solo brillaba la determinación de un hombre que sentía que estaba luchando por defender una parte de su propia vida.
Livia mantuvo la calma.
Ya había previsto aquella