Kat no dejó de llamarme. Al principio le contesté para no preocuparla, pero a medida que pasaba el tiempo y las llamadas eran aún más insistentes, dejé de contestarle. Me recosté en el respaldo de mi silla y miré hacia la pared de enfrente. Tal vez este era mi destino: estar sola. Creo que, sí lo pienso, era algo que ya se veía venir. La puerta de mi oficina se abrió y entró Kat. Ella se veía cabreada.
— ¿Qué carajo te pasa? ¿Por qué no respondes mis llamadas? — Me preguntó.
La quedé observando