ERIK
Las olas no tenían ninguna clemencia. Tumultuosas, implacables, chasqueando que el bote era un trozo de papel que su rabia no podía soportar.
La lluvia golpeaba como balas. Me ardía la cara, me borraba la visión, ahogaba todo excepto el estallido del trueno sobre mi cabeza. —¡Conri!
Mi voz desapareció en la tormenta. El bote pesquero se sacudió violentamente bajo mis pies, otra ola reventando sobre un lado. El agua de mar helada me golpeó el pecho, robándome el aliento.
—¡Aguanta! —grité.