243. Un momento de entrega
Ravenna
Sostuve firmemente la mano de Benjamin, guiándolo por los pasillos del refugio. El olor a sangre y sudor que emanaba de él era penetrante, mezclándose con la tensión aún presente en el aire. Cada mirada curiosa que cruzábamos llevaba una mezcla de respeto y cautela, pero yo estaba enfocada en una sola cosa: calmar a Benjamin.
“Tenemos una habitación para nosotros, donde puedes descansar un poco”, dije, tratando de mantener la voz suave y tranquilizadora.
“No necesito descansar”, murmuró