Azalea
No creía que las cosas pudieran empeorar. Pensaba que los gritos, la sangre y el hedor metálico de la agonía eran lo peor que jamás había vivido.
Pero entonces... llegó el silencio.
El silencio era tan denso y antinatural que se sentía como un peso enorme presionándome el pecho, asfixiándome.
Ya no había súplicas. Ya no había gemidos de tortura. Solo el suave goteo… goteo… goteo de la sangre al caer al piso.
Se me hizo un nudo en la garganta al ver que dirigía su atención hacia mí, con l