—S-Sr., por favor, déjeme ir —supliqué débilmente al ver entrar al hombre que me había secuestrado.
Llevaba un vaso de agua y no pude evitar sentir sed. Mi cuerpo estaba débil y hacía rato que no bebía nada. El hombre se acercó y acercó el vaso a mis labios. Bebí ávidamente, terminándome el agua para calmar la sed. Se me llenaron los ojos de lágrimas de nuevo. Nunca imaginé vivir un secuestro; creía que eso solo pasaba en las películas, y ahora lo estaba experimentando en carne propia.
—Agradec