Mis ojos se abren de par en par al contemplar el imponente edificio que se alza frente a mi. Es tal y como Jud me lo había descrito, majestuoso, con una fachada de cristal que refleja el cielo azul de la ciudad.
El corazón me late con fuerza mientras recorro con la mirada cada piso, cada ventana. En la planta baja, justo donde Jud me había indicado, se encuentra el restaurante de los padres de Max. Un acogedor local con grandes ventanales y un letrero con el nombre del lugar en letras doradas.