—No—murmuró tratando de liberar su rostro de su opresor—. No me importan sus planes. ¡Usted y sus planes pueden irse al demonio!
Ante aquel arrebato de valentía, el hombre la miró fijamente, ojos azules, encontrándose con los castaños, en una lucha de voluntades. Un instante después, se apartó y sonrió, era una sonrisa macabra, que hizo a Arlet temblar en su posición.
—¿Estás segura de que no quieres ser mi esposa, Arlet?—era la primera vez que la llamaba por su nombre.
La jovencita detalló en