Livia soltó el brazo de Noah en cuanto estuvieron lo bastante lejos—lejos de la mirada ardiente de Damian y, más importante, lejos del asistente Brown, el perro guardián de oídos supersónicos.
—No me llames Rayito de sol. Ya escuchaste mi nombre—es Livia—, dijo con voz fría.
—Yo seguiré llamándote Rayito de sol, —respondió Noah con una sonrisa exasperante.
Dios, esa sonrisa presumida me dan ganas de pegarle algo, pensó Livia, apretando los puños a los lados.
—¿Por qué?
—Porque eso enfurece a Da