Con unos cuantos pasos, Paolo se plantó frente al panda gigante.
Ejerciendo un poco de fuerza, arrancó a Cristina de las garras de aquella figura. Sin miramientos, estampó el resto de su burrito en los ojos del disfraz, bloqueándole la visión, mientras lanzaba una sarta de insultos sin detenerse a pensar.
—¡Maldición! ¡Cómo te atreves a abrazar a mi mujer!
Cristina, atrapada con firmeza contra el pecho robusto de Paolo, abrió la boca, atónita. Sus ojos se agrandaron al ver al pobre panda con la