Leticia escuchaba, completamente perdida.
Quería hurgarse los oídos.
Porque realmente no entendía qué intentaba decir Mónica.
Esa persona siempre era tan extraña.
Leticia, con su cabeza tan lineal, no podía descifrar los motivos de cada gesto de Mónica.
En la oficina, reinó un silencio prolongado.
Mónica empezó a preguntarse si había usado alguna palabra equivocada.
Entonces, Dafne golpeó ligeramente la superficie del escritorio y habló con frialdad:
—Primero, no necesitas venir a recordarme que