Esa hermosa mañana se sentía especial. El sol bañaba con su luz dorada los jardines de la mansión Harrington y Isabella miraba a su pequeño hijo juguetear en ellos con aquella felicidad única de la infancia. Joseph había ordenado que se les sirviera el desayuno en el jardín y aquel momento se antojaba como intimo y de ensueño.
La noche había sido larga, lo que Charles había hecho fue tan bajo y mezquino que naturalmente no podía haber habido una buena intención detrás. Isabella se preguntaba un