Al día siguiente, la clase se arrastró como una hemorragia lenta, la voz del profesor un zumbido sordo en el que no podía concentrarme.
Mis ojos no dejaban de saltar hacia la puerta, esperando que Meredith entrara, con su habitual paso seguro y su mirada aguda cortando la monotonía.
Pero no estaba allí, ni en el aula, ni en los pasillos, ni siquiera demorándose cerca de la sala de profesores donde a veces la sorprendía calificando trabajos.
Era como si hubiera desaparecido, y la ausencia me cor