Eso solo lo volvió más salvaje. Su polla se estrelló contra mí con fuerza salvaje, sus caderas moviéndose tan rápido que apenas podía mantenerme en pie. El televisor se tambaleaba bajo mi agarre, mis uñas chirriando contra el vidrio mientras gritaba.
—Dilo otra vez —ladró, tirando de mi cabeza hacia atrás para que sus labios rozaran mi oído—. Di quién te está follando mejor que nadie jamás podría.
—Tú —mi voz se quebró con un sollozo de placer—. Tú, papi. Solo tú.
Su risa fue oscura, feral, vib