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02 El inicio del descenso

—Señora Thomson. —Mi voz salió en un susurró.

—Kiara, que grata sorpresa..—Exclamo al verme.

Quien lo diría, pensé pasmada, mi maestra de artística, una señora que siempre iba mal vestida a la escuela, despeinada y sin nada de maquillaje, ahora parecía una muñeca de porcelana, un vestido ajustado a la rodilla color rojo vino, tacones de aguja bastante alto, su cabello bien arreglado y un maquillaje que resalta sus ojos.

—Me alegra que se conozcan, eso hará todo más fácil. —Dijo Meredith mirando de una a la otra.

La señora Thomson sonrió, una sonrisa que hizo que mi columna se erizará.

—Esto no es por conocida querida, tendrás que ganarte un puesto.

—Exclamo mirándome a los ojos.

—Hare lo que me pida. Pero deme una oportunidad, por favor. —Implore sintiendo que está oportunidad se escapaba de mis manos.

—Bien, tengo un cliente nuevo, es muy exigente, si logras que el pague cien mil dólares por estar contigo, entonces tendrás treinta mil dólares en tus manos y serás parte de este negocio.

—Perfecto, cuando empezamos con el entrenamiento. —Conteste contenta por la oportunidad.

—¿Entrenamiento? Querida ya te espera un auto fuera del edificio. —Respondió la señora Thomson

—¿A fuera?

—¿Eres tonta o te haces? Vete se hace tarde. —Exclamo con dureza.

Meredith tomó mi manos y juntas marchamos hasta la salida, en el camino me dio aliento y me dijo algunas cosas, de las cuales no entendí nada, es la primera vez que tendré contacto con un hombre, jamás eh tenido novio, y jamás pensé que llegara este momento tan rápido.

Subo al auto que me esperaba y en el camino no puedo evitar sentir dolor en mi estómago, mis manos se sienten sudorosa, y mis dedos tamborilear en mis piernas.

Nos paramos en una mansión enorme, las luces iluminan todo el lugar a pesar que ya es de noche. Antes de bajar escucho al chófer decirme.

—No puedes decirle tu nombre real. —Asiento sin detenerme.

Veo el auto acelerar mientras mi corazón hace lo mismo. La gran puerta se abre de par en par, dándome acceso, entre despacio, mientras mi garganta se secaba. Sentí la puerta cerrarse detrás de mi, sin embargo no mire atrás, seguí caminado cada vez más lenta, hasta llegar a una puerta de caoba, toque y de inmediato está se abrió.

Al entrar visualice una sala enorme, con cuadros en la pared y varias decoraciones de lujo, jamás en la vida podré permitirme algo así.

—Hola. —Exclame, al sentir el lugar vacío, sin vida. Mi voz apenas salió de mí garganta, parecía más un chihuahua que una persona que media uno sesenta y siete

—HOLA. —Grite con más fuerzas.

En ese momento sentí pasos, gire para ver a un hombre con un pantalón de tela fina color negro, no llevaba nada que cubriera su torso, dejanme visualizar cada uno de sus músculos, era alto, cabello negro, sin prestarme atención exclamó.

—Sigueme.

Lo hice sin decir una palabra, este trabajo no era digno, pero me ayudaría a mantener a Sarah en un buen hospital y con la esperanza de que se recupere.

Llegamos a una habitación blanca, no había lujosos, tampoco decoraciones, por lo que me imaginé que está habitación era para invitados o para él hacer sus fechorías.

—No perderemos tiempos conociéndonos, no me interesa. —Exclamo con una voz graves.

Se acercó a mí y de manera inconsciente me aleje.

Me miro con reproche.

—Tienes que pagar la tarifa. —Conteste sin darle importancia al asunto.

Él se acercó a su celular, frunció el ceño, me miro y pregunto. —¿Por qué cien mil dólares? ¿Qué tienes tú que las demás no? —Su voz se volvió más grave, casi ronca.

Me aclare la garganta, y conteste con la cabeza en alto. —Porque no he estado con nadie aún, tú serás el primero.

Sus cejas se relajaron, tecleo su teléfono y me mostró la factura. Se acercó a mí en dos pasos.

—Entonces vamos a comprobar lo que dices. —Susurro cerca de mi oido.

Sus labios chocaron con los míos, succionando mi labio inferior, chupe de manera suave su labio superior, cada segundo que pasaba se volvía más salvaje, sus manos rodearon mi cintura, atrayendo más a su cuerpo, sin pensarlo toque su pecho, sintiendo sus músculos.

Nos separamos por un segundo, me miro a los ojos antes de continuar devorando mi cuello, y tocando cada parte de mi cuerpo, admito que al principio no se sentía bien, pero a medida que pasaba el tiempo, mi cuerpo empezó a reaccionar.

Sus manos se colocaron en mis glúteos, apretándome con tanta fuerza que me arranco un gemido, mientras subía por mis caderas y abdomen, la blusa quedó en el suelo, sus manos apretaron mi pecho, y aunque se supone que este trabajo es difícil y deshonroso, admito que no me desagrada lo que estoy sintiendo.

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