Me desperté el domingo por la mañana sintiéndome como si me hubiera atropellado un tren. Estaba acostado en mi cama. En mi casa, lejos de esa ingrata.
Sentía la cabeza pesada y la piel caliente. Intenté darme la vuelta, pero no podía moverme. Había un peso encima de mí, una presión pesada y cálida que me aplastaba contra el colchón.
Gruñí, abriendo los ojos a medias. El sol de la mañana entraba a raudales por la ventana, dando de lleno en las sábanas. Parpadeé y el corazón casi se me detiene