Las piernas de Rose se sentían como gelatina. Se levantó del sillón, con la falda arrugada sobre sus caderas. Su mano seguía húmeda por su propio flujo. El rubio, cuyo nombre ni siquiera sabía, esperaba junto al sofá como un rey esperando su premio mientras la devoraba con esos ojos fríos y hambrientos.
—Más cerca —ordenó.
Rose dio un paso, luego otro. Se detuvo a escasos centímetros de él. Era mucho más alto de lo que esperaba. Su pecho era ancho, sus hombros bloqueaban la luz tras él.
—De