Jerome no dijo ni una palabra más. Agarró a Daisy por la cintura y la hizo girar. Presionó su pecho contra la madera fría y dura del escritorio del profesor. Su falda ya estaba subida, y su coñito desnudo y mojado sobresalía, brillando bajo la tenue luz del laboratorio. Detrás de ellos, treinta estudiantes ciegos permanecían perfectamente inmóviles, escuchando la grabación de la clase de biología. No tenían idea de que su compañera favorita estaba siendo convertida en una lección viviente.
—Qué