Maya no discutió, aunque estaba temblando. Se paró junto a la cama y, lentamente, deslizó el encaje de sus bragas por sus piernas. Salió de ellas, quedando completamente desnuda en medio de la oficina. No podía ver los ojos del profesor Jerome devorándola, pero podía sentir el calor abrasador de su mirada.
—¿Así es como se enseña, señor? —preguntó ella en voz baja.
—Sí, Maya... ahhh... joder —gruñó Jerome. Estaba hipnotizado por la forma en que su piel suave atrapaba la luz—. ¡Siéntate! Tienes