No discutió. Le encantaba recibir órdenes. Caminó delante de mí, con su culo desnudo balanceándose con cada paso, todavía goteando por lo que acabábamos de hacer. Llegamos a la cocina, la agarré por la cintura, la levanté y la senté de golpe en el borde de la encimera. La piedra fría hizo que soltara un siseo y arqueara la espalda.
—¡Mmm-nnn-gh! Jerry, está muy frío —susurró, con los dedos aferrándose al borde del fregadero. Tenía las piernas abiertas de par en par y el pecho le subía y bajaba