Fred la miró con el rostro encendido. Tragó saliva con fuerza, con la garganta moviéndose mientras intentaba recuperar el habla.
—Son... son veinte centímetros, Sra. Victoria.
La mirada de Victoria se oscureció. Sintió una punzada fuerte y pesada entre las piernas que casi la hace gritar. Ya no quería oír hablar del asunto; quería verlo. Quería sentir cómo eso la abría por completo.
—Demuéstralo —susurró, con un tono de mando bajo y peligroso—. Quítate esa ropa barata, Fred. Hasta el último hi