«Mark estaba muerto para el mundo en el sofá, roncando en medio de un coma etílico.
Las 11:52 p.m. La puerta del dormitorio de Sam se entreabrió. Ella estaba allí solo con una vieja camiseta blanca de tirantes, ya empapada con sus propios jugos, los pezones duros como balas, sin bragas, los muslos brillantes. No habló, solo se lamió los labios e hizo un gesto con dos dedos.
Estuve dentro antes de que la puerta se cerrara.
Ella me atacó. Uñas arañándome el pecho, boca chocando contra la mía, len