«Llevo queriéndolo más tiempo del que jamás debería admitir.
Se llama Marcus —el tío Marcus para mí, técnicamente, aunque no es de sangre. Es el mejor amigo de mi papá desde antes de que yo naciera. Ahora tiene cuarenta y dos años, hombros anchos, brazos tatuados que se flexionan cada vez que levanta algo más pesado que una cerveza, pelo oscuro que empieza a platearse en las sienes y esos ojos verdes que siempre parecen ver a través de cualquier mentira que intente contar. Es el tipo de hombre