Treinta.3
―Estoy en eso ―bufa Sebastián―. Está imposible.

―Dijo que las llaves estaban escondidas aquí ―lloriquea―. Era un hombre.

Entre los dos buscamos las jodidas llaves con los gritos apremiantes de Dalia de fondo. Buscamos bajo mesas podridas, cajas volteada y cualquier rincón visible, pero es imposible, ni rastro de las llaves. Echo un vistazo de nuevo al hielo, lo veo más pequeño y ahora agua gotea por la caja. Estoy temblando del miedo y los nervios, pero no se me ocurre en donde podría estar. S
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