El sedán plateado se marchó a las cuatro en punto, dejando dos huellas limpias y oscuras en la grava húmeda al girar de nuevo hacia la carretera. El joven había comprado un pequeño boceto de diez dólares de un pino solitario, pagando con un billete crujiente y verde que Clara guardó en el cajón como si fuera un trofeo.
Elias entró de nuevo, el aire frío siguiéndolo a través de la puerta mientras corría el pesado cerrojo para la noche. La única venta no alcanzaba ni para una sola compra de víver