No era amor, no era cariño, tampoco era añoranza ni deseo. No podía serlo. Era solo este dolor crudo, constante y punzante que me atormentaba entre las piernas y nunca moría. Todavía no, al menos. ¿Quizá podría? ¿Lo haría? Si tan solo él pudiera darme una fracción de su atención. ¿Solo un poquito? Aunque fuera por un día o dos. Tal vez el dolor disminuiría. Tal vez no sentiría la necesidad constante de que me follaran por todas partes.
Era buena en mi trabajo. Genial, en realidad. Pero cada mañ