CAPÍTULO 34.

Macario estaba sentado, su rostro surcado por arrugas profundas, y las manos, firmemente apoyadas sobre la mesa, entrelazadas como si fueran un nudo que no pudiera soltarse. Frente a él, Mauricio daba pequeños sorbos a su vaso, evitando la mirada del hombre que lo observaba fijamente, como si le estuviera pidiendo cuentas por algo. La habitación estaba en silencio, tan denso que hasta el aire parecía espeso.

—Te vas a casar con Lupita, Mauricio —dijo Macario, sin rodeos, con una voz firme, que
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