—Ya te dije que no lo haré, Rebecca —bisbisea mi nombre.
—No tienes derecho a tratarme, así. —digo en un hilo de voz.
—Eres de mi propiedad. —espeta.
Siento como sus manos se deslizan por la curvatura de mis glúteos y como me presiona con fuerza contra su polla. Aquel deseo se incrementa en mí, al máximo.
Pronto sus labios se ciñen a los míos, introduce su lengua obligándome a separar mis labios. Se mueve dentro de mi boca con tanto placer que siento como mi vagina se humedece y contrae ca