—Aguanta la respiración.
La gélida orden provino de la estilista principal, una mujer que no había sonreído ni una sola vez en las últimas tres horas. Tiró de los cordones ocultos del corsé en la parte baja de mi espalda.
La seda esmeralda se ajustó al ras de mi caja torácica, ciñéndose como una segunda piel. La tela era inimaginablemente pesada, cayendo en cascada hasta el suelo con una atrevida abertura que dejaba al descubierto mi muslo izquierdo. Mi cabello, normalmente un desastre encrespa