La lluvia cae con una violencia despiadada, como si el propio cielo estuviera reflejando la tormenta que acaba de destrozar la vida de Abril. Las frías gotas golpean el cristal de la ventana del taxi, difuminando las luces de la ciudad hasta convertirlas en manchas borrosas de neón.
En el asiento trasero, Abril abraza a Mía contra su pecho con una fuerza protectora. La bebé, ajena a la destrucción de sus padres, duerme plácidamente envuelta en una manta de lana. Abril no llora, ya no le quedan