El sábado por la noche, ella y Edmond habían estado al borde del precipicio de admitir algunas cosas. Ella desde luego estaba segura lo que iba a decir antes de ser interrumpidos por el incidente voyeuristico. Y a juzgar por su lenguaje corporal, ella sabía lo él que iba a decir.
¿Qué había cambiado?
El teléfono de Belinda vibró en su mano y contestó sin mirar quién llamaba, seguro que era Edmond. Por fin.
—Entonces, ¿Aún me odias a muerte o qué?—
Ariana.
—Odiar es una palabra fuerte,— suspiró