Era una tarde tranquila en la finca, de esas que parecían diseñadas para la calma. El sol se filtraba entre los árboles como si acariciara cada hoja, proyectando sombras suaves sobre el suelo.
El aire tenía ese aroma a tierra húmeda que llega tras el riego, y el canto lejano de algunos pájaros rompía con dulzura el silencio apacible del entorno. Los jardines se veían especialmente verdes ese día, como si la naturaleza también hubiera decidido respirar con más calma.
Camila caminaba despacio por