VICENZO:
Tomé el vaso, sirviéndome otra dosis de la bebida amarga que bajaba quemándome la garganta. Me senté en el sillón, hundiéndome en él, esperando a que llegara el desgraciado de mi hermano.
El muchacho ya me odiaba; ahora, seguro querría mi cabeza.
Yo nunca fui de ponerme muchos límites, siempre viví la vida al extremo, pero tenía mis principios.
Solo que, a cada día que pasaba, veía cómo se rompían, todo por restaurar a la familia que yo mismo jodí cuando le di entrada a aquella mujer v