Me quedé ahí parado, respirando profundo, intentando digerir la rabia que aún me palpitaba bajo la piel.
El teléfono vibró en mi bolsillo.
Hanna.
Miré de reojo a Vicenzo, quien soltó una risa seca.
—Esa no es ninguna perla.
murmuró, yendo hacia la cocina.
—Ni ella... ni las otras antes que ella.
Me giré despacio, entrecerrando los ojos.
—¿Estás hablando de mi mamá y de mi tía?
Se volvió hacia mí, sin dudarlo