¡Ahora mandaba yo!

Le rodeé el cuello con las manos y le besé apasionadamente. Cada roce, cada beso, era un recordatorio de lo mucho que nos queríamos y de lo incapaces que éramos de resistirnos el uno al otro.

Empecé a acariciar aquella polla deliciosa y, tembloroso, él empezó a acariciarme los muslos, el culo y su polla se hacía cada vez más grande y yo seguía llenándome la boca con aquella polla húmeda. Dante me bajó un tirante del vestido y empezó a chuparme los pechos con una deliciosa erección. Me quitó las
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