Helena no podía creer lo que sus oídos acababan de escuchar.
—¡No! No puedes hacer esto. ¡Dile la verdad!
—Helena. ¡Relájate!
—No me digas que... ¡Gisele! —Helena regañó el nombre de Gisele. Más lágrimas escaparon de sus ojos.
—¡Lo lamento! —Gisele susurró y se escapó.
Helena miró al rey Ares, quien la miraba como si hubiera perdido la cabeza.
—Necesitas descansar. —Él la tomó de los brazos.
—No —ella gimió—. No necesito descansar. Necesito que se revele la verdad. No estoy mintiendo. ¡Intentó