Mundo ficciónIniciar sesiónLo mismo que le hace a su padre, me lo hace a mí y el efecto es el mismo, imposible decirle no a esos ojitos celeste que abanican sus pestañas tan tiernamente.
— No digas tonterías, mi niña —se acerca y me mira mal, no pierde oportunidad de mirarme con enojo—, nos diste un susto terrible, Romita, mi niña, si te hubieran cuidado esto no habría pasado —besa la frente de Roma. — Papá, no digas eso, era inevitable, nadie tuvo la culpa de lo que me pasó —ella no se guarda nada.






