Las duchas en el vestuario todavía humeaban del equipo que acababa de enjuagarse. Yo no fui; me quedé mirando al entrenador Harlan dando órdenes a mis compañeros como el alfa que era.
Tenía 42 años, cuerpo atlético, muslos gruesos de años jugando. Su voz profunda siempre me ponía durante los partidos.
Esa noche, después de marcar el gol ganador, quería más que solo un “Buen trabajo”.
Lo vi dirigirse al baño de los entrenadores cerca del field house, con una toalla en los hombros. Sabía lo que s