Punto de vista de Clara
Entré en la iglesia. Antes solía sentirme obligada a venir. Pero ya no.
La iglesia olía a madera vieja, incienso y el leve sudor de gente que había llegado a lavarse los pecados antes del brunch, y de pecadores fingiendo ser santos.
La misa de las 9:15 de la mañana del domingo había terminado. El coro se había retirado, los monaguillos habían desaparecido en la sacristía y los bancos se vaciaban rápidamente: algunas ancianas con rosarios, familias jóvenes arrastrando a n