Después del parque, todo se sentía… acelerado. Era como si hubiéramos abierto una puerta que ya no podíamos cerrar.
Al día siguiente intenté actuar normal con Sarah. Me abrazó fuerte en la noche de vino, oliendo a protector solar de coco, y me preguntó por qué seguía tocándome el cuello (el chupetón ya se estaba poniendo morado bajo el corrector). Me reí y lo disimulé. «Alergias o algo así». Creo que se lo creyó. O fingió que sí.
Esa misma noche, a la 1 a.m., Jonah me escribió.
*No puedo dormir