Se mordió un gemido.
En su mente no era su mano. Eran las de Ryker —esos dedos ásperos y marcados por las cicatrices que la habían sujetado de la cintura antes, ahora acariciándola lenta y deliberadamente. Imaginó su voz, baja y sucia en su oído: “¿Esto es lo que necesitas, princesa? ¿Has estado mojada por mí toda la noche?”
Un suave jadeo se le escapó. Rodeó más rápido, bajando dos dedos para provocar su entrada antes de volver a subir al clítoris. La presión se construyó rápido, aguda y dulce