Nunca imaginé que el despertar de un gallo fuera tan gratificante. No obstante, no fue el gallo quién me despertó. Lo hizo una deliciosa mujer que aprendió muy rápido a volver loco a su Sultán. Y el sujeto ni corto ni perezoso se dejó hacer y deshacer. Las caricias, los besos y las lamidas tomaban fuerza, pero yo la necesitaba sobre mí. El interior de Onely era fuego vivo, su estreches me volvía eufórico y cada día caía rendido a su forma tan bella de complacerme. Había algo más entre nosotros,