Ariadna se encontraba en su cuarto, aferrada a la sábana blanca con su oído sobre la dura almohada. Sus ojos congestionados se acostumbraron a la oscuridad de su entorno. La impresión de mirar a su madre con aquel joven fue tanta que lo repetía una y otra vez en su mente. Una tortura interminable.
Su cobardía la había llevado a escabullirse del restaurante como si la que se quedó para verse con su amante fuera ella. Qué ridículo sonaba el asunto.
Todavía resonaban en sus oídos las palabras de