Mis manos están sobre la herida, presionando con todo lo que tengo, pero la sangre sigue saliendo. Caliente. Espesa. Imparable.
No se detiene por más presión que haga. Las manos de Harriet me ayudan, pero de nada sirve.
—No, no, no… —murmuro, más para mí que para él—. No me hagas esto, hermano…
James tiembla bajo mis manos… Demasiado. Su cuerpo ya estaba débil por la droga, por toda la ansiedad y lo que pasó en el balcón… y ahora esto.
«Esto no puede ser así».
—Mírame —le digo, desesperado, incl