El dormitorio principal estaba a oscuras, iluminado únicamente por la pálida luna que se filtraba entre las cortinas. El aire se sentía denso y húmedo. Yo estaba sobre mi esposa, con el cuerpo moviéndose en un ritmo constante y practicado. Estaba haciendo todo bien. Besaba su cuello, le susurraba las cosas que le gustaba oír y la embestía con una fuerza que la hacía jadear.
Pero yo no estaba ahí.
Cada vez que cerraba los ojos, la imagen del rostro de mi esposa se desvanecía. En su lugar apare